Mitos, verdades e infundios. Capítulo 29

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Colima y los alrededores de los Volcanes en septiembre-diciembre de 1810

Tercera parte

Abelardo Ahumada

LA VERSIÓN DEL CANÓNIGO URÍA. –

El padre José Simeón de Uría Berrueco tenía fama de ser teólogo y un buen maestro de Filosofía, pero a diferencia de don Miguel Hidalgo, cuyo pensamiento era más libre, su comportamiento fue bastante ortodoxo y su desempeño en términos eclesiásticos era asimismo institucional; debiéndole, según parece, una buena parte de su carrera (y el nombramiento de “diputado a las Cortes”) al obispo Juan Ruiz de Cabañas. Siendo por eso que cuando del 18 al 20 de septiembre de 1810 pasó en la diligencia por Guanajuato y Querétaro y se enteró de los primeros detalles relativos al levantamiento armado que acababa de iniciar en Dolores, tuvo la suficiente perspicacia para deducir que tal hecho podría tener algún impacto (o repercusión) en el obispado de Nueva Galicia y aprovechó las horas que permaneció en la hacienda de Arroyo del Zarco, ubicada a medio camino entre Querétaro y México, para redactar un informe que, como él mismo lo dijo, se decidió a enviar a “Su Señoría” con “un propio” la noche del 21.

El informe en cuestión aparece como el Documento # 37 del Tomo II de la Colección de Hernández Dávalos, y creo conveniente compartir a ustedes algunas porciones de su contenido:

En el primer párrafo Uría dijo, por ejemplo, que: “Faltaría a los altos deberes de buen Patriota y […] a los de Diputado de Vuestra Señoría [… si no le comunicara] el importante aviso de las tristes circunstancias a que ha reducido el infame D. Domingo Allendi (sic) a varios pueblos de esta Nueva España […] para que Vuestra Señoría dicte las providencias […], más eficaces para frustrar los designios perversos que [los rebeldes] pueden haber formado contra esa Ciudad”.

Párrafo en el que se advierte su convicción de patriota español, y que no se sentía ser un diputado que representara a los habitantes de Nueva Galicia sino al obispo.

Y muy en sintonía con tal modo de sentir y pensar, en el segundo párrafo incorporó algunos adjetivos “descalificativos”, diríamos, que nos permiten observar que estaba evidentemente prejuiciado contra quienes pensaban diferente, al añadir que el “infame capitán del Regimiento de San Miguel, dirigido por los indignos planes cuyo autor es el Dr. Hidalgo, cura del pueblo de Dolores, se ha levantado [en armas] en consorcio [con] los capitanes Aldama y Lanzagorta”, provocando hasta ese momento que “las villas de San Miguel el Grande [y] San Felipe; los pueblos de Dolores, Chamacuero y Valle de San Francisco” estuvieran ya desolados, “seducidos bajo la engañosa apariencia de la libertad Americana”, trayendo aquéllos “un odio mortal contra los europeos, saqueando sus casas, y reduciéndolos en una prisión a la última miseria […] con un crecido número de partidarios, compuesto de todas las castas y del Regimiento todo”. 

Explicó también que para esos momentos el grupo insurgente ya estaba muy cerca de Celaya, desde donde se suponía que no tardarían en pasar a Querétaro, con la intención de tomarla.

Y narró asimismo que la víspera, cuando la diligencia en que marchaba llegó a Querétaro, ya se notaban los preparativos que se estaban haciendo allí para defenderse, aunque, por otra parte, se había enterado de que “Allende habría corrompido al Corregidor de la ciudad, D. Miguel Domínguez” y a otras personas prominentes.


Fueron jinetes parecidos a éste del “Pony Express” los que desplegaron sus habilidades por los Caminos Reales desde los primeros momentos de la Guerra de Independencia.

LA CONMOCIÓN QUE SE PROMOVIÓ EN GUADALAJARA Y LOS PUEBLOS DE SU JURISDICCIÓN. –

En los capítulos anteriores  cité algunos documentos mediante los que pudimos comprobar que la segunda más grande y poblada ciudad de la Nueva España ya tenía dos años en efervescencia; que sus autoridades estaban siguiendo los acontecimientos de la guerra que estaba ocurriendo en España, y que aquel mismo 19 de septiembre, don Roque Abarca, el Intendente, había emitido una proclama pública dirigida a todos los pueblos de su jurisdicción, en la que les estaba informando que tal y como lo había venido “anunciado en mis proclamas” [anteriores], Napoleón Bonaparte ha iniciado ya la guerra contra Nueva España”.

Para mí es obvio que sólo esta frase fue suficiente para poner en condición de miedo a no pocos de los habitantes de Guadalajara y de los pueblos de su jurisdicción. Pero antes de abordar lo que sucedió a raíz de eso, quiero invitar a los lectores a que hagamos una pausa para tomar nota consciente de un dato muy significativo en estos asuntos: me refiero a que como las comunicaciones de aquellos años se realizaban mediante el envío de cartas que viajaban en las diligencias, o con correos propios repostando caballos, era sumamente difícil que alguien en Guadalajara se hubiese podido enterar del levantamiento de Dolores a menos de tres días de haber ocurrido aquél. 

En ese contexto hace trece años me tocó leer el libro Breve Historia de Jalisco, en el que su autor, don José María Muriá, sugiere (páginas 74-75), que la primera información que sobre el levantamiento de Dolores llegó a Guadalajara fue la carta que el mensajero del Canónigo Uría entregó al obispo Cabañas el 25 de septiembre; siendo que la proclama en la que Abarca anunció el inicio de la guerra fue lanzada el 19.

Este hecho por sí solo me chocaba, porque me parecía evidente el desfase de seis días completos, llegando a considerar que no pudo ser esa carta la que obligó al gobernador Abarca publicar semejante declaración, sino algún otro motivo que no estaba a la vista.

Si a ello le agregamos el dato de que el día 19 fue uno de los que utilizó la diligencia en que viajaba el diputado Uría para atravesar el territorio de Guanajuato, me pareció más claro aún que debió de haber al menos otro informe que Abarca recibió antes que Cabañas recibiera la mencionada carta de Uría. Pero ¿cuál o cuáles pudieron ser esos informes, y cuándo y desde dónde pudieron haber salido?


Uno de los primeros conspiradores en ser aprehendidos fue el Corregidor Domínguez.

UN EXPEDIENTE REVELADOR. –

Durante varios años conservé la duda que estas preguntas me habían sembrado, pero hace unos pocos meses me encontré, en el Tomo II de la Colección de Documentos de don Evaristo Hernández Dávalos, una especie de legajo firmado por un tal J. Domínguez, que contiene un juego de copias sacadas directamente (a mano) “del Archivo General y Público de la Nación”, cuyo contenido me dio suficiente luz para disiparla y me puso al tanto de algunos otros detalles que jamás había leído en las versiones bendecidas por la historiografía oficial. Legajo del que entresacaré algunos datos para compartírselos a quienes esto lean:

Desconozco, sin embargo, quién haya podido ser el inquisitivo señor J. Domínguez, ni qué propósitos tuvo para pasarse todo el día 9 de septiembre de 1871 copiando los documentos que contiene el expediente al que me estoy refiriendo. Pero yéndonos más allá de esa minucia, y tras de agradecer a dicho amanuense el esfuerzo que realizó hace 141 años, quiero comentar que, exceptuando al Documento # 37, que corresponde a la Carta del Canónigo Uría, el legajo del señor Domínguez inicia en el documento # 25 y termina en el 38. Siendo esos trece reveladores documentos donde pude enterarme que fue muy a principios de septiembre de 1810 cuando se supo en México que don Francisco Xavier Venegas de Saavedra, el Nuevo Virrey enviado a la Nueva España, había desembarcado pocos días atrás en Veracruz y se dirigía a la capital; que los movimientos personales de Allende, Aldama, Lanzagorta y otros militares de Celaya, Querétaro, Dolores y San Miguel el Grande ya estaban siendo seguidos  desde cuando menos diez meses atrás; que éstos se reunían con gente que andaba buscando el modo de promover la independencia. Y que todo eso se había empezado a saber gracias a que algunos contertulios “tontos o borrachos” habían comenzado a soltar la boca, viéndose entonces algunas de las autoridades locales ante la oportunidad de poner espías que siguieran los movimientos que realizaban los mencionados, así como a don Miguel el Corregidor; “la Corregidora que es un agente precipitado” (sic) y otras personas ahí nombradas, o a interceptar los mozos de aquéllos y otras personas más, para recogerles las cartas que llevaban. Pudiendo saber, de fijo, que la conjura en que todos ellos estaban participando no reducía su alcance geográfico a San Miguel y a Querétaro, sino a otras juntas “formadas en México, Valladolid y Guanajuato”, y otra que estaba en formación “en Potosí”.

Adicionalmente (y gracias a ese mismo expediente) se sabe que la noche del 7 de agosto hubo una junta a la que fue convocado José Mariano Galván, en su condición de responsable de la Estafeta (oficina del correo) de algún lugar del Bajío. Y que estando en ella se le hizo expresar un “juramento de secreto y fidelidad bajo la pena de ser asesinado si descubría la menor cosa” de lo que allí se tratara y de las comisiones que se le darían. Que lo forzaron a ser el transmisor de algunas cartas, y que al involucrarse así se pudo enterar de muchos otros detalles más referidos a las conjuras que de manera conjunta y simultánea se estaban llevando a cabo en dichas poblaciones.


Las noticias se desparramaron rápidamente mediante los correos propios y la diligencia. Antiguo tramo del Camino Real cerca del Puente de Calderón, hoy en Jalisco.

Ahí se refiere también que la Gaceta del Comercio publicada en México a finales de agosto llevaba entre sus noticias la captura de un conjurado que llevaba consigo un “Plan de Independencia”. Y que eso dio pie para que las autoridades locales de Querétaro supusieran que algo habrían de hacer contra los conjurados del rumbo, por lo que, durante la mañana del 10 de septiembre, don Juan Ochoa, “Alcalde Ordinario de Primer Voto”, citó en su casa a dos militares de su más entera confianza para comentar qué podrían hacer para obstaculizar las acciones que estaban llevando a cabo los conspiradores.

Son tres los documentos que nos revelan lo que sucedió en esa reunión: el primero es una carta de presentación que esa misma tarde envió con destino a México con el capitán Manuel Garrido Arango; en la que les decía al Oidor y a los integrantes de la Regencia de México, que dicho capitán les ofrecería de su propia voz todos los datos que habían podido averiguar sobre la revolución que se estaba preparando, incluyendo los nombres de los involucrados. El segundo, fechado un día después, es una carta de otro de los asistentes a dicha junta: me refiero a Joseph Alonso, Comandante del 2° Batallón acantonado en Querétaro. Su misiva fue dirigida a un don Juan Noriega, en la que le informa que estando ya el correo por salir, no le pudo escribir gran cosa, pero sí quería avisarle que muchos de los oficiales que estaban bajo su mando tanto allí como en Celaya, incluido el hijo de su Jefe de Brigada, estaban completamente de acuerdo con Allende, y que, como eran demasiados, él ya no podía intervenir ni para aprehenderlos, ni para desarmarlos. 

El tercero es otra carta del alcalde Ochoa, fechada también el día 11, en la que ahora sí amplia y detalladamente escribió  lo que sabía sobre la conjura. Y entre lo interesante de ésta notamos que tal parece que el correo que llegó esa mañana de México llevaba la noticia de que el nuevo virrey ya estaba saliendo de Puebla con rumbo a la capital. Y en consecuencia con eso, don Juan Ochoa quiso adelantarse a los hechos enviándole la primer carta de su vida para el virrey Venegas, diciéndole a manera de saludo que, en vez de ser esa misiva para “darle la enhorabuena por el alto empleo” que a nombre del rey le dio “el Consejo de la Regencia de España y las Indias”, se estaba viendo en la penosa necesidad de tener que informarle acerca de “la execrable malicia y [la] perfidia inaudita” que estaban demostrando tener algunos criollos bien identificados de su jurisdicción, cuyos nombres iban en la lista anexa, y que pretendían “sorprender a todos los europeos” y actuar a favor de la independencia.

En esa lista aparecen los nombres de muchos de los más connotados próceres que ya todos conocemos, más algunos que luego ya no figuraron más. Pero es muy de observar la insidiosa nota que Ochoa puso al respecto de don Miguel Domínguez y doña Josefa, la cual citaré como mera curiosidad histórica: “El Corregidor de esta ciudad es comprendido [en la conjura] y no lo dudo porque su mujer se ha expresado y expresa con la mayor locuacidad contra la nación española”.

Anunciándole al virrey que procuraría arrestar “a cuantos pueda de los conjurados, hacer escrutinio de sus papeles, tomarles sus declaraciones y practicar cuanto exija la naturaleza de la causa para descubrir a todos los fautores”, etc.


Todos los pueblos fueron, poco a poco, enterándose del movimiento armado.

LAS PRIMERAS CAPTURAS. –

Se ve que Ochoa fue un hombre de acción y que cumplía lo que anunciaba, porque sólo cinco días después de haber enviado esa carta, ya había aprehendido a los primeros conjurados. Tal y como se ve en otra misiva que el “domingo 16 de septiembre, a las 5 de la mañana”, don Joaquín Quintana, Administrador de Correos de Querétaro, estaba enviando al Administrador Principal de Correos de México, su jefe: 

“Muy señor mío y mi dueño (sic). Infiero que va a salir un [correo] extraordinario y anticipo ésta. Anoche a las dos se prendió al Corregidor, a su mujer y a otra porción de gentes con toda facilidad […] Hace dos días que ni como ni duermo casi nada [… Y] en carta de ayer escribe Allende, que aunque prendan algunos él vendrá con su gente a sacarlos: ellos tienen más de 1000 hombres nosotros no llegamos a 100 útiles”.

Y fue el mismo don Joaquín Quintana quien, el día 17, escribió otra carta a su jefe, en la que le comentó lo siguiente:

“[En cuanto] hemos tenido noticia el Sr. Comandante de Brigada y yo de que en el pueblo de Dolores había iniciado la sublevación, y que habiendo amarrado a todos los europeos, venían con fuerza armada sobre San Miguel el Grande […] he tomado las providencias de despachar [un correo] extraordinario a Guadalaxara (sic) para que aquel Administrador de Correos instruya (informe) de todo al Sr. Presidente [de la Intendencia]”.

Siendo ésta, y no la carta de Simeón de Uría, la primera que habría llevado tales noticias a Guadalajara, llegando allá, “a matacaballo”. Y dando pie con eso a que, equívocamente, desde luego, Abarca pudiera afirmar, en su proclama del 19 que Napoleón acababa de iniciar la guerra en contra de la Nueva España.

Noticia que por más confusa que fuera puso en ebullición a las autoridades eclesiásticas, civiles y militares de la capital de Nueva Galicia, para iniciar los preparativos para la defensa, como lo podremos constatar en el capítulo siguiente.


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