MITOS, VERDADES E INFUNDIOS SOBRE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA

Primera parte
Abelardo Ahumada

ADVERTENCIA INICIAL. –

Ahora que con la visión tan especial y propia que el presidente de la república tiene acerca de la historia de México, creo que no podemos negar que, con la intervención de los historiadores y los opinadores que al parecer casi lo odian, y con la de los que lo defienden hasta cuando se equivoca, se ha propiciado, más que un debate de altura, una vegonzante alegata que comenzó desde que el mandatario propuso a las actuales autoridades españolas que pidieran perdón por los agravios que los conquistadores de aquel país cometieron contra los habitantes del “Nuevo Mundo”, y que continuó con la insistencia de proclamar la conmemoración de los supuestos 500 años de la fundación de México Tenochtitlan, así como con el retiro del monumento de Cristóbal Colón del pedestal que tenía en el Paseo de la Reforma, y ahora su sustitución con una estilizada “cabeza olmeca” de rasgos femeninos, que a muchos paisanos no les está gustando.

En este mismo contexto se está hablando ahorita de lo que ocurrió hace 200 años en relación con el fin de la Guerra de Independencia, y en otro, menos caldeado, se habló hace once años del Bicentenario del Inicio de la mencionada gesta. Encontrándonos con que tanto en un momento como en otro se han escrito y expuesto numerosas barbaridades que nada nos ayudan a para entender lo que realmente pasó.

Por la expresada razón, y con el deseo de contribuir a clarificar al menos algunos de aquellos hechos, he preparado unos pocos capítulos bajo el título general que aquí uso, esperando que sean de su interés.

No pretendo “descubrir el hilo negro” en ninguno de estos temas, ni quiero desacreditar a nadie por lo que siga creyendo al respecto, sino exponer las causas y el desarrollo de ciertos asuntos que me pareció necesario abordar, basándome en el análisis de algunos antiguos documentos que, o no fueron tomados en cuenta, o fueron desconocidos por los redactores de la historia oficial.

En ese sentido, pues, empezaré por exponer …

EL INICIO DE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA, SEGÚN LA PROPIA VERSIÓN DE HIDALGO. –

La ceremonia de El Grito, que se celebra cada noche del 15 de septiembre en prácticamente la totalidad de las cabeceras municipales de todo el país, es una de las más grandes erratas que los historiadores oficialistas lograron establecer en la conciencia del pueblo como una verdad, cuando lo cierto fue que El Grito no se realizó la noche del 15 de septiembre, como se celebra, sino durante la madrugada del 16, tal y como el mismo cura Hidalgo lo declaró en el proceso militar (y de degradación religiosa) que se le siguió en Chihuahua, en mayo de 1811.

Así, pues, considerando que hoy mismo es la víspera de dicha efeméride, quiero aprovechar la oportunidad para dejar que sea el protagonista de tan singular evento el que nos hable de cómo fue que realmente sucedió. Y para poder hacerlo recurriré a un par de documentos:

El primero de ellos (y que probablemente fue el que hizo caer a muchos en el error señalado), es una interesante carta redactada por el prócer en Celaya, apenas cinco días después de haber iniciado el movimiento, y dirigida al Intendente (hoy sería gobernador) de Guanajuato, don José Antonio Riaño. Carta en la que ya Hidalgo aparece firmando como Capitán General, y lo intima a rendirse y entregar la plaza:

“Sabe usted ya el movimiento que ha tenido lugar en el pueblo de Dolores la noche del 15 del presente. Su principio, ejecutado con el número insignificante de 15 hombres, ha aumentado prodigiosamente en tan pocos días, que me encuentro actualmente rodeado de más de cuatro mil hombres que me han proclamado su capitán general. Yo a la cabeza de este número y siguiendo su voluntad, deseamos ser independientes de España y gobernarnos por nosotros mismos”. [1]

Hidalgo precisó aquí el número inicial de los participantes, y nos borró de paso que el grito lo haya realizado ante una multitud; pero al escribir “la noche del 15”, sin señalar la hora, dio pie a diversas interpretaciones.

[1] Herrejón Peredo, Carlos, Hidalgo, razones de la insurgencia y biografía documental, SEP, 1987, p. 207.


Hidalgo conminó al Intendente Riaño a rendirse y entregar la plaza de Guanajuato.

El segundo documento es, sin embargo, muchísimo más descriptivo y preciso, y formó parte de la “primera declaración” que, estando ya preso en Chihuahua, realizó ante el juez correspondiente, durante la mañana del 7 de mayo de 1811, y que aparece firmada por él mismo en el legajo en el que se hallan ésa y otras declaraciones más.

Pero como este documento no fue un escrito de su puño y letra, el escribano que tomó nota lo redactó en tercera persona señalando, por ejemplo: “el declarante dijo”, etc., así que, con el propósito de facilitar su comprensión, me permití transcribirla en la primera persona del singular, sin traicionar ni violentar ninguna de sus palabras.

Colateralmente advierto a los posibles lectores que, contra lo que muchos “historiadores” oficialistas y tal vez malintencionados nos han querido hacer creer, esta “primera declaración” del cura Hidalgo nos brinda algunas “sorpresas” que ellos nos ocultaron. Tal como la de que el padre Hidalgo participó en la famosa “conspiración de Querétaro”. Siendo que como él mismo lo habría de expresar, no sólo se negó a participar en ella, sino que jamás llevó la batuta (o la dirección de las charlas) en dichas reuniones. Habiendo sido, en cambio, su principal promotor, el capitán Ignacio Allende, con el que Hidalgo terminó en tan malas relaciones que aquél le arrebató el mando y a punto estuvo de envenenarlo.

De conformidad, pues, con los datos contextuales en que se llevó a cabo esa “primera declaración” del cura, los hechos ocurrieron así: estaban el padre Hidalgo y sus principales compañeros recluidos en unos cuartos del hospital de la villa de Chihuahua, a los que improvisaron para servir de celdas.

La de él, que todavía se conserva, y a la que al menos tres veces he podido ver, era un oscuro cuarto de piso, muros y techo de piedra. Carca de la cual, con un muro de por medio, en 2010 el gobierno del estado erigió un “Altar de la Patria”.

 

 

“Altar de la Patria” construido muy cerca de la celda en donde estuvo encarcelado don Miguel Hidalgo.

La mañana, pues, de aquel 7 de mayo de 1811, se le mandó sacar de su celda y hacer acto de presencia en otra sala mayor, en la que se hallaban don Ángel Abella, juez comisionado para proseguir las diligencias necesarias en el referido juicio y, al menos don Francisco Salcido C., el escribano que puso en letras sus declaraciones.

Allí mismo, y tras de habérsele solicitado hacer un solemne “juramento que hizo tacto péctore et corona” (tocándose el pecho y la frente), en el sentido de que diría sólo la verdad, se le conminó a responder todo lo que supiere de cuanto le fuese preguntado. Comenzando por dar sus datos generales, diciendo (recuérdese que la transcribí en primera persona):

“Me llamo Miguel Hidalgo, soy [criollo] español, tengo 58 años, soy sacerdote católico, apostólico, romano; cura párroco de Dolores, pueblo del obispado de Valladolid, y resido en la vecindad de mi curato”.

Luego, cuando le fue preguntado si sabía “la causa de su prisión”, por quién había sido aprehendido, y con qué otros sujetos se hallaba en esos momentos; el juez también lo conminó a decir cuál era el carácter que él y quienes mencionara tenían “entre los insurgentes”, así como su “actual paradero”, y en forma muy particular, el de “los llamados don Ignacio Allende; don José Mariano Ximénez (sic) y don Juan Aldama”. Preguntas a las que él respondió así:

“Aunque no se me ha dicho la causa de mi prisión, supongo que fue por el hecho de haber tratado de poner en independencia este reino. Fui aprehendido por un [tal] don N. Flores y un cuerpo de tropas que tenía a su disposición en el puesto de Baján, en la provincia de Coahuila, que contaba como con 200 hombres.

[Iban también] don Ignacio Allende, nombrado generalísimo; don José Mariano Ximénez, capitán general; don Juan Aldama, teniente general; don Mariano Abasolo, mariscal de campo; don Francisco Lanzagorta, mariscal de campo; don Manuel Santa María, [ex] gobernador de Monterrey, ahora mariscal [… mi propio hermano], don Mariano Hidalgo, tesorero general del ejército, y muchos oficiales más y todo el ejército que nos quedaba…

Fui capitán general del dicho ejército, por nombramiento que se me dio en Celaya. Pero en Acámbaro se me nombró generalísimo, y se me entregó el mando supremo, “uno y otro [cargos] con tratamiento [primero] de excelencia, que después se convirtió en alteza. Que unos me daban de manera simple y otros serenísima.

Así seguí, hasta que, siendo perdida la acción de puente de Calderón, en [las proximidades de] Guadalajara, y habiéndome retirado hacia Zacatecas, fui alcanzado en la hacienda de Pabellón, que está entre dicha ciudad y la villa de Aguascalientes, por don Ignacio Allende y algunos otros de su facción. Allende me amenazó [delante de ellos] con que si no renunciaba [yo] a mi cargo, se me quitaría la vida, y así lo hice, verbalmente y sin ninguna otra formalidad. Habiéndome quedado desde esa fecha en el ejército, sin ningún carácter, intervención o manejo, constantemente vigilado por la facción contraria. Por lo que me convencí de que se había dado orden de que se me matase si fuera descubierto intentando separarme del ejército […] Marchando, en consecuencia, más bien como prisionero que por propia voluntad, y suponiendo yo, que el propósito que se tenía, con semejante marcha, era el de llegar a los Estados Unidos para conseguir armas; aunque no pude dejar de sospechar que Allende y Ximénez se habían puesto de acuerdo para alzarse con los caudales y dejar frustrados a los que los seguían. Cosa que comencé a sospechar desde que me di cuenta que Allende empezó a deshacerse de la gente en Zacatecas, en vez de incrementar el ejército. Y que ratifiqué en Saltillo cuando, unido ya Ximénez con Allende, yo les comuniqué que la gente se iba desertando, y ellos me respondieron, que no importaba, que no le hacía”.

Preguntado finalmente, en esa su “primera declaración”, sobre cómo, cuándo y dónde, había iniciado su movimiento, y quiénes habían participado originalmente en éste, el reo Hidalgo respondió:

“El movimiento inició el 16 de septiembre del año pasado, como a las cinco de la mañana, y sus principales motores (sic) fuimos, don Ignacio Allende y yo. Y ocurrió como enseguida declararé:

De un tiempo atrás, había sostenido yo algunas conversaciones con don Ignacio Allende, acerca de la independencia, pero sin ningún otro objeto de mi parte que el puro discurso; pues aun cuando yo estaba persuadido de que la independencia sería útil al reino, jamás pensé entrar en ningún proyecto [con ese fin], a diferencia de don Ignacio, que siempre estaba propenso a hacerlo. Propensión, debo reconocer, sobre la que yo no hice ningún intento para disuadirlo. Aunque también debo agregar que al menos en una ocasión le dije que los autores de semejantes empresas no gozaban el fruto de ellas.


El mismísimo Hidalgo declaró que el principal promotor de la insurrección fue el capitán Ignacio Allende, y que él lo secundó luego de varios ruegos e invitaciones que aquél le hizo.

Así se fue pasando el tiempo, hasta que, a principios del mes de septiembre, que ya referí, Allende hizo un viaje a Querétaro, desde donde me llamó, por medio de una carta, diciéndome que importaba mucho que me encontrara con él, y fui, presentándome él dos o tres sujetos de poco carácter, que yo no conocía, que se prestaban a sus ideas, y de los que al único cuyo nombre recuerdo se llamaba Epigmenio.

Ellos decían que tenían como 200 [individuos] de la plebe [dispuestos para pelear]. Por lo que me pareció que aquello no tenía forma, y así se lo hice presente al capitán Allende, pero él me replicó que tenía más gente en las haciendas [más cercanas de San Miguel el Grande]. Pero yo me devolví a mi curato.

A poco allá me volvió a escribir, y yo a responderle que aquello no valía nada, y que no contara conmigo para cosa alguna. Pero insistió desde San Miguel [dándome más detalles] y diciendo cuánta más gente tenía en las haciendas y allá, en Querétaro, y fue entonces cuando finalmente me decidí a participar en el partido de la insurrección.

Comencé a dar algunos pasos en ese sentido, mandando hacer unas 25 lanzas, tanto en el pueblo de Dolores, como en la hacienda de Santa Bárbara, perteneciente a los Gutiérrez, que también sabían de lo que se trataba. Y les encargué a éstos que organizaran gente, y que estuvieran listos para cuando se les llamara.

También traté el punto con el tambor mayor del batallón de Guanajuato, apellidado Garrido. El que quedó con el compromiso de hablar con la tropa, pero ignoro si habló o no.

[El caso fue, sin embargo, que] tres o cuatro días antes del 16 [de septiembre], tuve noticia vaga de que Allende había sido delatado; por lo que lo llamé a Dolores para ver lo que él resolvía, pero nada resolvimos ni él ni yo en la noche del 14 que llegó a mi casa, ni en todo el día 15 que se mantuvo allí. Hasta que a las dos de la mañana del 16 vino don Juan Aldama a decirnos que en Querétaro habían prendido a nuestros confidentes, en cuya vista, en el mismo acto decidimos los tres dar el grito, llamando yo mismo a unos diez de mis dependientes, y dando soltura a los presos que había en la cárcel (casi pegada al curato), obligando al carcelero con una pistola a franquear las puertas de ella, y entonces les previne a los unos como a los otros que deberían de ayudarnos a prender a los europeos, lo que se verificó a las cinco de la mañana del mismo día, sin otra novedad que la de unos cintarazos que se le tuvieron que dar a don José Antonio Larrinúa, porque se iba huyendo. [Una vez] puestos en la cárcel los europeos, cerradas las tiendas de unos, dejadas las otras a cargo de los cajeros criollos o de sus familias, se sumaron a nuestro partido [algunos] de los indios y rancheros que por ser domingo habían ocurrido a [oír] misa. Y desde ahí tratamos de encaminarnos a San Miguel el Grande, en persecución de nuestro proyecto”.[1]

[1] Ibídem, p. 300-302. 

                                                          

Las declaraciones de Hidalgo contravienen algunas de las versiones "más románticas", podríamos decir, que se han oficializado sobre "El grito" y lo que siguió.

La información, si se quiere, es muy escueta, pero es verídica y suficiente para constatar que fueron “los tres”, Hidalgo, Aldama y Allende quienes decidieron “dar el grito”, Y que éste no consistió en ninguna arenga pública, como nos cuentan, sino en dar el grito de alerta o de alarma para las poquitas personas que hasta esos instantes (“como a las cinco de la mañana”) estaban enterados e involucrados.

Allí mismo informó el padre que más allá de sacar y de armar a los presos (a los que podemos inferir que invitó a sumarse), si bien envió a diez de sus dependientes a capturar a los europeos, la única acción que se ejecutó en contra de uno de ellos fue la de darle cintarazos, porque trató de huir. Y que, adicionalmente, se le sumaron después, algunos de los indígenas y de los rancheros del rumbo que habían acudido a participar en la obligada misa dominical.

Complementando lo que declaró en la mañana del 17 de mayo de 1811, al dar en la tarde de ese mismo día su segunda declaración, el escribano tal cual anotó:

“[El reo] dijo que antes de dar el grito no pasó nada más de lo que tiene declarado, y que su inclinación a la independencia fue lo que lo obligó a decidirse con tanta ligereza, o llámese frenesí; [y] que la precipitación del suceso de Querétaro no les dio lugar a tomar las medidas que pudieran convenir a su intento, y que después ya no las consideraron necesarias, mediante la facilidad con que los pueblos los seguían, [por lo que] así no tuvieron más que enviar comisionados por todas partes, los cuales hacían prosélitos a militares por donde quiera que iban”.[1]

Finalmente, y para complementar lo ya dicho, y aclarar cuál era el rumbo inicial que Allende, Aldama, Hidalgo y los principales líderes quisieron dar a su movimiento, vale la pena analizar el contenido de la Proclama Insurgente que, redactada o dictada por el cura Hidalgo, en Salamanca, se difundió a partir del 23 de septiembre 1810:

“El día 16 de septiembre de 1810, verificamos los criollos en el pueblo de Dolores y en la villa de San Miguel el Grande, la memorable y gloriosa acción de dar principio a nuestra santa libertad, poniendo presos a los gachupines […] Nuestra causa es santísima, y por eso estamos todos prontos a dar nuestras vidas. ¡Viva nuestra santa fe católica, viva nuestro amado soberano, el señor don Fernando Séptimo, y vivan nuestros derechos, que Dios [y] la naturaleza nos ha dado”![2]

[1] Ibíd., p. 303.

[2] Ib., p. 210.


Imagen reciente de la parroquia del pueblo de Dolores

Siendo con esto muy claro que lo que deseaban estos criollos al principio era liberarse del sometimiento que los gachupines ejercían sobre ellos, pero sin renunciar a su vinculación con el rey, y que no fue sino hasta cuando se les fueron sumando elementos de la “plebe” de la que habló en su declaración inicial, vieron ellos la conveniencia de tenerlos luchando a su lado, pese a los excesos que en su deseo de vengarse, éstos empezaron a cometer.

Finalizo, pues, por hoy, diciendo que la lucha iniciada por Allende, y secundada por Hidalgo, Aldama, Jiménez y demás no tuvo la pretensión inicial de abogar también por los derechos de los indios, los mestizos, los negros, los mulatos y demás castas que había entonces en la Nueva España, y que, si todo eso se comenzó a buscar después, no fue porque los iniciadores del movimiento lo hayan querido, sino porque las exigencias de las clases sociales todavía más fregadas los rebasaron y simplemente no las pudieron parar. Todo eso aparte de dejar muy claro que algunos de los “héroes insurgentes” que los historiadores oficiales subieron a “los altares de la Patria”, no fueron dignos de semejante veneración, comenzando con Allende y Jiménez que, como el mismo Miguel Hidalgo entrevió, lo que realmente pensaron después de la oprobiosa derrota sufrida en la funesta batalla de Calderón, fue irse hacia los Estados Unidos “con los caudales” que habían logrado salvar, y sin que les importara gran cosa la suerte que pudieran correr los improvisados guerrilleros que, creyendo todavía en ellos, los fueron siguiendo hasta Saltillo.

Continuará.

 

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