Sismos, pestes y vendavales en Colima y sus alrededores. Capítulo 11

Undécima parte

Abelardo Ahumada

EL RESUCITADO. –

Cuando finalmente cesó la famosa y devastadora pandemia que se conoce como “la Influenza Española”, mi papá, que tenía siete años en aquel entonces, oyó decir que un valecito como de 23, que vivía como a media cuadra de la Presidencia Municipal de Villa de Álvarez, según eso resucitó, y como la historia que me contó al respecto me parece algo interesante, se las compartiré ahora a ustedes, precisando que sucedió más o menos así:

El muchacho y su familia, cuyos nombres y apellidos no quiso mencionar mi padre, vivían en 1918 abajito de la casona en donde estaba la escuela de niños de nuestro pueblo (porque en ese tiempo había en La Villa otra escuela exclusiva para niñas).

Su casa era una de ésas, típica, sin estilo, larga y angosta como longaniza, que, empezando con una sola puerta que daba a la calle, terminaba en una barda caída como cincuenta metros adentro, justo en la orilla del Arroyo del Diablo.

Sus dos primeros cuartos, altos, grandes, sombríos, servían casi nada más para que la gran familia se tendiera en sus catres y petates a dormir, y tenían también una sola puerta para el lado de atrás, en donde estaba un corredor techado igualmente de teja, que daba cobijo al fogón de la cocina, a la mesa del comedor y a una pila que estaba junto a la noria. 

Era una de tantas casas en las que no había entonces excusados, donde la gente se bañaba junto a la pila, a jicarazos, y se iba hasta el corral para hacer sus necesidades.

Pero si menciono todo esto es para que se entienda lo que sucedió después: el muchacho aquel, pues, trabajaba de ordeñador en un rancho cercano a la Finca de El Tívoli, cerquita de la estación del tren, en el sur de la capital del estado, en donde conoció a una muchacha de por aquellos rumbos. Se gustaron, se pusieron a noviar, y como no tenían recursos ni para pagar la misa de bodas, se juntaron y el joven villalvarense se quedó a vivir allá, en un jacal que les prestó el dueño de la ordeña.

En eso llegó la famosa fiebre. Varias de las personas de esa parte de la ciudad enfermaron y algunas murieron. Pero, el muchacho, de muy bella alma, se compadeció de algunas víctimas y, acomedido, en dos o tres ocasiones se puso a ayudar a uno de los sepultureros a subir los cuerpos de los fallecidos al muy famoso y temible “Carro de la Muerte”.

Aquel quehacer facilitó su contagio, pues luego se enfermó él, y aunque la muchacha y sus familiares hicieron todo cuanto pudieron para ayudarle a sanar, llegó el día en que lo dieron por muerto, y le tocó entonces a su cuerpo ser cargado en el carretón.


A diferencia de la pandemia del Covid 19, que ha tenido varios “resurgimientos”, la Influenza Española, “así como llegó se fue”, pero mató muchísimo más gente que todas las “olas” del Covid juntas

De todo esto él ya no tuvo conciencia y se lo dijeron después a él ya que “resucitó”. Pero lo que sigue lo narró él a las personas que lo volvieron a ver “vivo” otra vez:

“Era como entre el 15 o el 16 de noviembre, y oscurecía más temprano. Así que cuando iba yo en el carretón, tal vez debajo de otros dos cuerpos, de repente sentí mucha dificultad para respirar y en mi desesperación desperté… volví en mí, o resucité, no sé.

“Ignoraba en ese momento lo que me estaba pasando, pero al sentir el movimiento de la carreta y al percibir el contacto de aquellos cuerpos fríos pegados o encima de mí, recordé que me había enfermado, y como yo mismo le había ayudado a los carretoneros a subir varios cadáveres al carretón, entendí que mi mujer y sus familiares creyeron que yo ya había fallecido también, y aceptaron que mi cuerpo fuera subido al mismo carromato … 

“La impresión me paralizó de momento, pero como me faltaba el resuello, entendí que si no podía respirar me iba a morir de deveras, y saqué las últimas fuerzas que me quedaban, para tratar de salirme: poco a poco me liberé del montón de cadáveres, y al último me dejé caer al suelo por la parte de atrás de la carreta. 

“Los sepultureros no escucharon mi caída, y como afortunadamente ya estaba oscureciendo, nadie tampoco me vio, pero traté de reconocer el lugar y entendí que estábamos cerquitas del cementerio, yendo, probablemente, por un callejón que había no muy lejos del arroyo El Manrique.

“Me golpeé la cadera cuando caí al suelo, y mientras me sobaba y esperaba que se me bajara un poco el dolor, pensé que si alguien me viera en esas condiciones se podría asustar, así que, yéndome como quien dice “a gatas”, me salí del camino y me brinqué una cerca de piedra, para esconderme del otro lado. 

“Aquel brinco fue mi salvación, porque del otro lado de la cerca había un cañaveral espigando y, pegado a la cerca, un árbol cargado de limones.

“Tenía mucha sed, y ya con la última luz del día logré quebrar una caña. Con mis dientes le empecé a quitar la cáscara, la mordí y empecé a chupar el dulcísimo jugo, sintiendo que nunca había bebido nada mejor.

“Luego me recargué en una piedra grande y por la debilidad me quedé dormido allí.  En la mañana terminé de chupar la caña que me quedaba y, como complemento, agarré dos limones maduros del suelo, y los chupé también.


La segunda década del siglo pasado se caracterizó, también, en otro nivel, porque se fueron “retirando” los vehículos de tracción animal y fueron apareciendo los “automotores”.

“Sentí que con aquellos jugos estaba empezando a recuperar mis fuerzas, pero como no eran suficientes todavía para ponerme a caminar, entre que dormía y despertaba, me  imaginé a mi esposa, a mis hermanas y a mi mamá llorando todavía mi muerte.

“Cerca del mediodía, estando yo dormitando, una iguana verde se aproximó hasta casi pegar su hocico con mi pierna derecha, pero como no me moví, no me hizo caso y se trepó a una piedra como de medio metro de alto para tomar el sol. Y entonces yo, disimulando mis movimientos, casi sin abrir los ojos, agarré otra piedra que cabía bien en mi mano y se la sorrajé encima, apalcuachándole la cabeza.

“Esperé a que se le saliera toda la sangre y usando otra piedra más filosa, le corté las patas y, tratando de aguantar el asco que me daba la carne cruda, me la empecé a comer.

“Antes de dormirme comí otros trocitos de carne y acompañé la cena con el jugo de otros dos limones y un pedazo de caña. Yo creo que esos jugos fueron los que me curaron porque al tercer día me sentí mejor, logré levantarme y me asomé con mucho cuidado al camino, viendo que no muy lejos de allí, estaba la típica hilera de árboles que suele estar junto a un arroyo o un río.

“Esperé a que empezara a oscurecer, y dándome cuenta de que las voces de los caminantes ya tenían buen rato que no se oían, brinqué la cerca, me quedé unos minutos agazapado y, viendo que no había nadie por ninguna parte, caminé hacia el arroyo, para beber y lavarme.

“Ésa fue una gran decisión porque el baño me hizo sentirme mucho mejor, pero como los zancudos de la orilla del arroyo se fueron contra mí, me salí a un potrero que quedaba del otro lado y con la pura luz de las estrellas empecé a caminar con rumbo, según yo, hacia el poniente. Pero la debilidad que tenía me volvió a vencer, y tuve que acurrucarme de nuevo entre dos piedras grandes.

“Al amanecer distinguí las figuras conocidas de los cerros y agarré hacia donde yo bien sabía que estaba la hacienda de El Carmen. Me encontré con una mazorquera lista para que la empezaran a piscar, y como tenía mucha hambre, arranqué una y, poco a poco, mordiendo con mucha dificultad los granos, logré comer un puñito y seguí caminando hacia el Potrero de la Campana, cuidándome de que no me viera nadie, y me quedé oculto entre la maleza hasta que oscureció.


La muerte del Indio Alonso acaeció el mismo día que en Colima se promulgó la Constitución estatal. Y fue como un símbolo de que había concluido el movimiento armado.

“Ya en la noche del cuarto día de mi “resurrección”, atravesé el mencionado potrero, crucé también el arroyo de Pereira y me dirigí hacia el cauce casi seco del Arroyo del Diablo, con la intención de irme por allí hasta la casa de mis padres.

“Al ratito salió la Luna y, ayudado por su resplandor, comencé a caminar ya sin temor a tropezarme, o a caer en algún breñal, y como a la media hora estaba frente a la barda caída de mi casa.

“Trepé entonces por el terreno empinado, quité unos breñales que mi padre puso a manera de cerca y me metí por ahí al corral, sin ponerme ni un segundo a pensar que por aquellos momentos mi familia me consideraba muerto y sepultado.

“Gravísimo error fue, porque, en efecto, mi familia no sólo estaba pensando en lo que ya dije, sino que estaban realizando el novenario de mi muerte… Así que, cuando me metí por el corral, uno de los perros me sintió y salió ladrando. Mi madre se fue detrás para ver a qué le ladraba, y como ya la Luna estaba alta y el cielo muy limpio, me va viendo a mí, y creyendo, tal vez, que yo era un fantasma, gritó: “¡Ave María Purísima!”, y cayó al suelo. desvanecida.

“Un rato antes habían estado ella y otros amigos y vecinos rezando el rosario para pedirle a Dios por la salvación de mi alma, y algunas de aquellas gentes estaban todavía en la casa, así que cuando esas personas y mis hermanas oyeron los ladridos, el grito y de nuevo los ladridos, salieron también al corral, y vieron un bulto agachado y otro en el suelo. Entonces yo me levanté y les dije: “No se asusten, soy yo”. Pero como tenían la creencia de que estaba muerto, una de las mujeres salió corriendo y otra se desmayó, mientras trataba de decirles que no se asustaran, que no era un muerto, que estaba vivo.

“Mi madre, lamentablemente, tenía un soplo en el corazón, y aun cuando, ya estando en su catre, volvió al rato en sí, sólo alcanzó a mirarme otra vez con la luz de una lámpara de petróleo, y falleció antes de la media noche. Todo por culpa mía”.


Pero si la Revolución tal cual concluyó, al empezar el reparto de las haciendas y surgir los ejidos, se generó otro tipo de conflictos.

LA PAZ POSTREVOLUCIONARIA. –

Por haber venido hablando tanto de la “Influenza Española”, por poco se me olvida contarles que, ya para promediar la segunda década del siglo pasado, se empezaron a sentir, también en Colima, vientos de paz que emanaban del cansancio y de los acuerdos a que habían llegado los grupos beligerantes que participaron en “La Bola”. Término popular con que la raza denominó al periodo en el que los revolucionarios y los seudo revolucionarios anduvieron participando en las balaceras sin tener motivos que justificaran sus combates, y en el que lo único que quedaba más o menos claro era el deseo de definir quiénes habrían de quedarse con el poder.

En ese sentido, y tras de la promulgación de la Constitución Federal de 1917, la clase política de Colima operó para que hubiese otra estatal, por lo que los diputados locales estuvieron trabajando en ello durante el mes de agosto. Mes en el que, según lo hizo notar el padre Roberto Urzúa, curiosa y coincidentemente transcurrieron los últimos días de Vicente Alonso Teodoro, mejor conocido como “El Indio Alonso”, bandido comalteco de origen zacualpeño que a principios de 1915 se comenzó a hacer pasar por villista, pero que, careciendo realmente de ideología revolucionaria, continuó cometiendo algunos desmanes, básicamente en los municipios de Comala y Minatitlán, Colima, y Zapotitlán y Tolimán, Jalisco.

Y lo más curioso y coincidente fue que, el 31 de ese mismo mes, poquitas horas antes de que se promulgara la Constitución local en el Palacio de Gobierno de Colima, una jovencita que el referido Alonso había raptado en un rancho de Zapotitlán, le dio muerte con su propia carabina, en una covacha ubicada justo al pie de la Piedra de Juluapan, en el cerro del Juripiche, en el municipio de Villa de Álvarez. Hecho con el que se podría decir que concluyó el convulso periodo que, como lo mencionamos dos capítulos atrás, dio inicio en nuestra entidad con la “toma de Colima” por los maderistas, el 18 de mayo de 1911.

Pero si con la promulgación de la Constitución local se concluyó el movimiento armado tal cual, ello no implicó que ya no se derramara sangre ni se conflictuaran algunos de los viejos actores; puesto que dio inicio un nuevo periodo de pugnas políticas en el que los antiguos miembros de la casta dorada del porfirismo tuvieron que enfrentarse con los usufructuarios y los beneficiarios la revolución al empezar el reparto de tierras de las grandes haciendas y al surgir, en consecuencia, los primeros ejidos. 

Dichas luchas dieron origen a la aparición de varios partidos políticos que solían resolver las elecciones a balazos; e influyeron en gran medida para que los antiguos sirvientes, obreros y jornaleros de las familias adineradas “tomaran conciencia de clase” y empezaran a luchar por sus derechos. Luchas en las que asimismo se puso de manifiesto la animadversión que había entre algunos gobernantes jacobinos y el clero colimote.

En ese contexto o ambiente un tanto confuso, dio inicio la década de “los años veinte”. Una década en la que si no tuvo gran cosa que lamentar en materia de ciclones, terremotos, epidemias y cosas por el estilo, sí tendríamos que señalar que fue un periodo de convulsiones sociales que por un lado derivaron en la incipiente configuración “del sistema político de un solo partido”, y dieron pie, por otro, para que estallara la Rebelión Cristera, sangriento conflicto político-religioso que por lo que implicó merece todo un libro y comentarios aparte.


About Author