Sismos, pestes y vendavales en Colima y sus alrededores. Capítulo 4

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Abelardo Ahumada

MAREMOTO EN TIEMPOS DE GUERRA. –

En octubre de 1810, cuatro años después del demoledor terremoto del 25 de marzo de 1806, más de 500 individuos que habitaban en la Villa de Colima y en los pueblos indios dependientes del curato de San Francisco de Almoloyan se involucraron en uno y otro bandos de la Guerra de Independencia y para la primera mitad de noviembre ya sumaban más de 200 las bajas que entre ellos se habían reportado a sus familias. 

Dos años después, y sin que el movimiento amainara y cesaran las muertes en combate o por ahorcamientos y fusilamientos, el 15 de octubre de 1812, un ciclón devastador se acercó a nuestras costas y provocó la salida del mar en varias playas. Cuentan las crónicas que el huracán arrasó con todo lo reconstruido desde el anterior de 1790 y victimó a varios cientos de nuestros antiguos paisanos. El profesor Oseguera rescató, sobre esta fecha, un testimonio escrito que decía que el huracán había sido tan fuerte que: “Los árboles eran arrancados de cuajo”.

Y sin que se nos olviden todas las calamidades que el movimiento armado produjo en la región, y de las cuales hablo con detalle en mi libro “La Participación de Colima en las luchas por la Independencia”, publicado en septiembre de 2010, debo señalar que, casi por puro cansancio de los insurgentes, el movimiento revolucionario en Colima se detuvo en la primavera de 1814. Tiempo en el que los sobrevivientes de bando realista y la gente que no salió a pelear se dedicaron a reconstruir lo que la guerra y el abandono habían arruinado. Labores de reconstrucción que, según investigaciones realizadas por el padre Vázquez Lara, fueron infructuosas en la franja costera de Ixtlahuacán y Tecomán, debido a que un gran sismo acaecido al promediar noviembre de 1816 provocó un gigantesco tsunami que desbarató (o llenó de tierra) todas las salinas que había por entonces entre la desembocadura del Río Grande y la región colindante de Michoacán.


El tsunami de 1816 llenó de tierra y arena todos los pozos salineros de Tecomán, Ixtlahuacán (que por entonces llegaba al mar) y Coahuayana.

Una prueba documental rescatada por dicho historiador en el folio # 80 del antiguo “Libro de la Cofradía de la Candelaria, del Archivo Parroquial de Caxitlán-Tecomán, consiste en un vívido testimonio escrito por el padre José Antonio Enríquez del Castillo, párroco de dicho lugar, que vale la pena conocer:

“El día 13 de noviembre del año de 1816, a las dos de la mañana, salió el mar con tanta prosperidad y fiereza que traía el alto de 60 codos; el que sólo por milagro que yo he presenciado (que ratifico, creo y venero), hizo retroceso el agua… [la cual] aniquiló todas las trojes de sal, quedado arruinados y arenados todos los salitres; con lo que han cesado los arriendos de los pozos de esta Cofradía, hasta que se repongan”. 

Otro dato dice que “el mar se salió más de seiscientos pasos”. Y para darnos una idea más puntual del tamaño de la gigantesca ola que el padre Enríquez vio desplazarse más allá de los médanos de las playas tecomenses, Vázquez Lara calculó que si los 60 codos a que hizo referencia su colega eran del sistema castellano (41.8 cm por codo) equivaldrían a un 25 metros de alto. Pero, aunque fueran 15 aquello debió ser espantoso visto en tierra.

Dicho fenómeno no causó, sin embargo, muchas víctimas humanas porque, como sigue siendo costumbre, todas las salinas de nuestras costas se quedan casi totalmente deshabitadas desde mediados de junio (con el inicio del temporal lluvioso) hasta finales de febrero del año siguiente. Aunque lo catastrófico que sí tuvo consistió en que, siendo la producción de sal “el ramo fuerte de la economía de la Villa de Colima y sus pueblos”, al haber sido destruidas todas las trojes donde la guardaban, y al haber quedado tapados con arena y lodo muchos pozos donde la producían, ni los salineros ni sus peones se pudieron recuperar de ese golpe durante años.


El terremoto del 31 de mayo de 1818 desbarató lo que quedaba del antiguo convento de San Francisco de Almoloyan.

CIERRE TELÚRICO DE LA GUERRA. –

Y para completar el cuadro, las crónicas que aún se conservan de aquellos años nos dicen que muy cerca de las 3 de la madrugada del 31 de mayo de 1818, un fortísimo terremoto se dejó sentir desde las playas de la costa hasta unos cuantas leguas más al norte de la ciudad de Guadalajara, en donde, entre los daños más notables se registró la caída de las primeras torres que tuvo la catedral del extenso obispado, mientras que, por lo que corresponde a Colima cabe citar, por ejemplo, un párrafo estrujante que, impactado todavía por el terror y casi rayando en la locura, redactó el sacerdote colimense José Eugenio Bravo: “89 muertos, las casas derruidas, los heridos, las viudas y huérfanos, la vida a la intemperie, el silencio del paisaje y los aullidos de los perros”.

La gente, a esa hora, en su mayoría estaba dormida, y eso causó que hubiese numerosos muertos y heridos, sin contar que entre los daños reportados posteriormente se contaron varias iglesias, como la de San Miguel, Comala, y la que había sido sede del convento de San Francisco de Almoloyan, los cuales, junto con la mayoría de las casas del pueblo, quedaron muy destruidas; al grado de que, viendo que sería más fácil levantar un templo nuevo que reconstruir el antiguo, don José María Jerónimo Arzac, párroco de allí mismo, decidió recoger lo muy poco que quedó rescatable y se lo llevó a un barrio orillero poblado de criollos y lleno de huertas de palma de coco, ubicado en el Llano de los Martínez, para fundar allí la nueva parroquia. Hecho que dio lugar al nacimiento de la Villa de Almoloyan, denominada después como Villa de Álvarez.

Por su parte, el 13 de junio inmediato, don Juan Linares, antiguo combatidor de insurgentes y de nueva cuenta subdelegado de Colima, envió al general José de la Cruz, gobernador de la intendencia, un informe oficial en el que se comenta que los violentos movimientos que provocó el sismo se dejaron sentir “a la misma hora en toda la jurisdicción”, y va dando pormenores de los daños en la Villa de Colima, los pueblos y las haciendas que aquélla abarcaba: Ixtlahuacán, Tecomán, Coquimatlán, Juchitán (por Suchitlán), Quizalapa (hoy El Chical), Zacualpan, Juluapan, Tamala, Comala, las salinas de Cuyutlán y Coahuayana y las haciendas de La Huerta, La Estancia, El Trapiche y Los Pastores.


Una mortal epidemia de cólera se abatió sobre la región en 1833, provocando miles de muertos

Una revisión completa de su contenido nos hace saber que todas las iglesias, grandes o chicas que había en cada lugar ,experimentaron fuertes daños, y que las que no se cayeron completamente quedaron casi del todo inservibles. Dice igual que se derrumbaron la mayoría de las casas de habitación, incluidas las de madera y zacate; habiendo quedado sólo en pie las más chicas y las que no pasaban de ser simples ramadas. Que se abrieron muchas grietas en el suelo de distinta hondura y grosor, y que de las más hondas y anchas (de una vara de ancho, explica), “brotó y corrió el agua”. Muy precisamente en Tecomán e Ixtlahuacan: 

“En las salinas de Cuyutlán – refiere Linares-, donde se estaba acabando de fabricar la sal, se salió de su centro la mar […] con mucha irritación. Se abrió la tierra en muchas partes, brotó el agua y se volvió a cerrar. Los pozos de fabricar las sal cayeron y quedaron aterrados, inservibles. [Y] los otros, donde se toma el agua para la misma fábrica [que se llamaban tajos], que tienen como dos varas de hondos, echaron fuera bastante agua que corrió de cada uno de ellos. Las ramadas y casas, que todas son de zacate, cayeron; y las trojes donde se encierra la sal, cayeron unas y reventaron otras, brotando para arriba la sal, que quedó desparramada en los suelos”. 

En todos los ranchos y haciendas se desmoronaron las cercas de piedra; por lo que los agricultores y ganaderos que tenían circundados potreros y sembradíos sufrieron grandes pérdidas también. Pero como si a la naturaleza no le hubiese bastado lo anterior para demostrar su fuerza, en la Villa de Colima y sus alrededores “empezaron a caer recios aguaceros desde” el ocho de junio (el reporte trae fecha 13), “con los cuales siguen cayendo parte de los edificios que antes se mantenían en pie, y creciendo la consternación, cuidados e incomodidades entre estos habitantes”. Habiéndose experimentado la última de varias otras réplicas del temblor a “las nueve de la noche del [día] diez del presente [mes]”.

 

Sólo en el pequeño pueblo de Comala hubo 210 víctimas en la epidemia de “El Cólera Grande”.

DOS EPIDEMIAS DE CÓLERA. –

Quince años después de aquella dolorosa catástrofe, en la temporada de lluvias de 1833 dio inicio otra más: se trataba entonces de una epidemia de cólera que, no habiendo condiciones sanitarias con qué controlarla, provocó varios cientos de muertos en la entidad. Epidemia que por decirlo así se repitió con menos rigor a mediados de 1850, reconociéndose entre quienes tuvieron la oportunidad de sobrevivir la una y la otra, como “El Cólera Grande”, la de 1833, y “El Cólera Chico”, la otra.

Y un poco con la intención de que nos demos cuenta de los alcances de las dos epidemias, quiero volver a citar al padre Florentino Vázquez Lara quien, tras revisar “el primer libro de Defunciones” que se conserva en el archivo parroquial de San Miguel Comala, intitulado: “Libro 4° de Entierros de la Iglesia de Comala”, explicó que por aquellos años la costumbre de los comaltecos era la de sepultar a sus muertos “en el cementerio de esta Iglesia”, que estaba situado en el atrio y al menos una de sus partes laterales. Y que, cuando fallecían algunos indígenas y moradores de los ranchos de los alrededores, sus familiares o conocidos estaban obligados a darles parte a los “fiscales indios […] de Suchitlán, Juluapan y Zacualpan”, para que éstos los autorizaran a darles sepultura en los camposantos anexos a cada una de aquellas capillas, debiendo ellos mismos avisar posteriormente a las autoridades civiles y al cura de Comala. Pero al referirse únicamente a la manifestación y los daños que provocó el Cólera Grande tuvo en ese pueblo y parroquia, un cura apellidado Mora, dejó escrito que como ya no cabían los cuerpos de los muertos en el camposanto del templo de Comala: 

“El 24 de agosto del Año de 1833, con acuerdo del Noble Ayuntamiento de esta Municipalidad, se estableció un sitio el cual se denomina Campo Santo de San Juan Bautista, el cual es con objeto de sepultar en él los cuerpos de quienes fallecieron en el tiempo de la epidémica enfermedad del cólera … a fin de evitar el contagio que se pudiera experimentar sepultando en la Iglesia, lo que asenté por razón y rubriqué”. 

Novísimo e improvisado cementerio en el que – continúan las notas del padre Vázquez Lara -, entre el 24 de agosto y el 22 de octubre de ese mismo año, fueron sepultadas 210 víctimas de la mortal epidemia ¡sólo en el entonces diminuto pueblo de Comala!

Continuará.


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